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22 dic. 2013

Un regalo.



Como quiera que su época era difícil, Isabel debía llevar sus asuntos en secreto.

Para una Reina fuerte, pero compasiva, la vida en la Edad Media no era la más propicia para mostrar su verdadero carácter.

El Palacio, su Corte, su esposo... todos mostraban su admiración, pero no querían saber de segundas intenciones. Una reina debía ser reina y no bajar de su trono.

Isabel cojía su capa gris, descalzaba sus pies y salía por la parte trasera. Era de noche y sacaba mantas, comida, pequeños regalos para sus súbditos. Esos que la admiraban pero vivían bajo los portales, que no podían alimentar a sus hijos. Esos la esperaban en secreto porque sabían que su Señora iba a aparecer.

Pero alguien la vió. Alguien que creía en las desigualdades. E informó a su esposo.

Una noche cuando ella salió por la puerta trasera, el Rey se cruzó en su camino. Ella tuvo cuidado de mantener el pan en el alda. Envuelto en su falda. El rey la recriminó. Cómo osaba salir con esas vestimentas. ¿Y qué escondía?

Ella rezó. Todo iba a acabar. Su gente seguiría pasando hambre. Intentó zafarse. "Es un regalo para alguien especial, son rosas. Dejadme seguir".

Él tiró de la ropa. Algo cayó al suelo. Y el milagro ocurrió. Porque era cierto. Era un regalo. Y docenas de rosas cayeron al suelo.


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