4/2/2013

Volar.



Al concluir la construcción del laberinto de Creta, solamente Dédalo, el inventor, y su hijo, Ícaro, conocían las consignas para entrar y salir de él. El rey Minos exigió usar dicho laberinto para encerrar al Minotauro. Asimismo, decidió encarcelar en una torre a padre e hijo, para mantener a salvo el secreto.

Todas las salidas estaban vigiladas. Imposible escapar a pie. Únicamente había una forma de huir de allí. Volando.

Dédalo fabricó unas alas para él y su hijo. Enlazando plumas grandes entre sí, y asegurándolas con cera junto con otras más pequeñas.

Cuando todo estaba listo, ambos probaron sus alas y vieron que era posible alzar el vuelo. Dédalo advirtió a Ícaro "No debes planear bajo o te atraparán. No debes planear alto o el sol derretirá tus alas. Debemos partir." 

Dédalo probó sus alas, salió de la torre, también de la isla, y cayó en lugar seguro. Pero miró atrás y estaba solo. Su rostro se ensombreció y pudo imaginar la tragedia.

Ícaro probó sus alas. Salió de la torre. Saboreó la libertad. Comenzó a ascender. El cielo era cada vez más luminoso. Calidez en su cara. Siguió subiendo. Sus alas comenzaron a perder fuerza. Se cayeron. Pero él siguió agitando los brazos, y dando gracias por poder, al menos una vez en su vida, volar.


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3 comentarios:

  1. A veces nos dejamos fascinar demasiado cuando vemos el sol en vez de poner los pies en la tierra...

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  2. Me encanta la mitología, esta historia en particular...

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  3. qué bonito..quién pudiera volar..al menos una vez...

    bessis!!DE RAZA-

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